jueves, 2 de junio de 2011

De Tácticas y Estrategias

USA: ¿un hispano para presidente?

Horacio Besson

Se dice que cada 30 segundos nace un hispano en territorio estadunidense. Dos mil 880 cada 24 horas. Estamos hablando que un millón 51 mil 200 latinos nacen cada año al norte del río Bravo. Tan sólo un comparativo: de acuerdo al INEGI, Aguascalientes tiene un millón 184 mil 996 habitantes.

Los hispanos tienen prisa en Estados Unidos: en diez años, 2000-2010, han crecido 43%. Es decir, 15 millones de latinos se sumaron en una década. Esto es cuatro veces más que el total de la población estadunidense que aumentó en 9.7 %. De acuerdo al censo estadunidense 2010 (http://www.census.gov/), dado a conocer ayer, la comunidad hispana es ya 15.1 % del país norteamericano. Esto es, 45.4 millones de latinos (en México somos 112 millones 336, 538).

California, Texas, Florida, Nueva York, Illinois, Arizona, Nueva Jersey y Colorado son los estados en donde 75 % de los hispanos se concentra. En cada uno de ellos, los latinos superan el millón. Pero además, para mala suerte de las agrupaciones supremacistas (Ku Klux Klan, Partido Nazi Americano, Minuteman Project, por mencionar algunas de ellas), en todos los estados de la Unión Americana creció el porcentaje de hispanos.

¿Y los mexicanos? Ahí están, a la cabeza de la lista: 63 % de los latinos que viven en EU son de origen mexicano. En diez años pasaron de 20.6 millones a casi 32 millones. Equivalen a casi 30 % de los mexicanos que vivimos en el territorio nacional.

Una cosa es el peso demográfico de la población hispana en EU. Otra, su poder económico y sobre todo político. Falta mucho para nivelarlos y equipararlos. Sin embargo, las tendencias hablan de su creciente importancia en los índices productivos, laborales y de consumo así como dentro de los partidos políticos (y esto incluye al Tea Party).

¿Un hispano en la Casa Blanca en una o dos décadas? Un pequeño dato: Hasta ahora el poderoso clan Bush ha dado dos presidentes: George H. W. Bush y su hijo, George W. Bush. Pero existe un tercer George Bush. Nieto del primero y sobrino del segundo (W. Bush no tiene hijos varones). Si uno lo observa, notará el gran parecido con su madre, Columba Garnica Gallo: ojos y cabello obscuros. Piel morena. Por cierto, la ex primera dama de Florida nació en León, Guanajuato.

http://impreso.milenio.com/node/8965508

miércoles, 25 de mayo de 2011

La Foto de la Semana

De Tácticas y Estrategias

España (¿México?): cuando los políticos hartan

Horacio Besson


Están enojados. Indignados. Son jóvenes y empiezan a desesperarse. ¿Cómo reaccionar cuando el desempleo juvenil supera el 40%? ¿Qué hacer cuando el presente económico está hecho añicos?

Los jóvenes españoles han dejado atrás la incredulidad y la apatía. Cuestionan al establishment. Piden cambios, increpan a los políticos. No importa si son del PP o del PSOE. Simplemente están hartos.

El domingo pasado eran sólo mil. Ayer, la emblemática Puerta del Sol madrileña se llenó de miles de personas (a los rostros juveniles se le han sumado voluntades que rebasan las cuatro y cinco décadas). Acampan para hacerles saber a los políticos que no quieren que la situación siga así.

Ayer eran ya 60 ciudades españolas con algún tipo de plantón e incluso a nivel internacional, las voces empiezan a hacer eco para solidarizarse: Bruselas, Berlín, Florencia, Londres, París, Turín, Viena, Buenos Aires, Bogotá y la ciudad de México entre otras. En Facebook, hasta la tarde de ayer, superaba los 215,611seguidores (la página mexicana, 1037).

¿Quiénes son? De acuerdo a su manifiesto (http://democraciarealya.es/) son “personas normales y corrientes. Somos como tú: gente que se levanta por las mañanas para estudiar, para trabajar o para buscar trabajo, gente que tiene familia y amigos. Gente que trabaja duro todos los días para vivir y dar un futuro mejor a los que nos rodean. Unos nos consideramos más progresistas, otros más conservadores. Unos creyentes, otros no. Unos tenemos ideologías bien definidas, otros nos consideramos apolíticos”.

El documento, titulado Democracia real ya, sostiene: “Pero todos estamos preocupados e indignados por el panorama político, económico y social que vemos a nuestro alrededor. Por la corrupción de los políticos, empresarios, banqueros… Por la indefensión del ciudadano de a pie. Esta situación nos hace daño a todos diariamente. Pero si todos nos unimos, podemos cambiarla. Es hora de ponerse en movimiento, hora de construir entre todos una sociedad mejor”.

El movimiento, previo a las elecciones municipales y regionales españolas de este domingo, no tiene una cabeza visible. No hay, hasta el momento, indicios de que tenga un origen demagógico. No se ve manipulación ni mano negra por parte de alguna formación política o anarquista. Todo parece indicar que es un grupo real, espontáneo, del ciudadano joven urbano promedio que está indignado y desilusionado con la clase política.

Mientras tanto, México se prepara para ver (¿soportar?) en 2012 el batidero y el chiquero que los políticos acostumbran convertir al proceso electoral….

¿Haremos saber nuestro hartazgo y nuestra indignación?

http://impreso.milenio.com/node/8961836

La Foto de la Semana

AOC France: Edith Piaf
El gorrión de las grandes alas
Horacio Besson
Silencio. Todo es silencio. No hay sonido alguno que desafíe al otoño parisino, que todo lo cubre con su melancólico sosiego. El cementerio de Père Lachiase se ve repleto de almas. Unas reposan en sus tumbas. Otras, vivas, sollozan por una muerte. El gorrión ha callado, ya no aletea. Su trinar no se oye más y es justo ese silencio que los 40 mil dolientes no se atreven a romper. 14 de octubre de 1963. Edith Piaf está siendo enterrada.
¿Qué futuro puede tener una mujer que vivió su infancia y juventud entre abandonos, maltratos, desprecios, prostitutas, alcohólicos y miseria, mucha miseria?
Quizá ninguno o, al menos, no muy promisorio y, si acaso, anónimo. Pero Edith Giovanna Gassion no estaba dispuesta a dejarse vencer por una biografía que se empeñaba en cerrar sus páginas demasiado pronto. Ella tenía mucho por escribir aún.
Más que nacer y crecer, Edith se dedicó a sobrevivir desde que su madre, la ítalo-argelina Annetta Maillard, literalmente la parió en la calle un frío 19 de diciembre de 1915. Sea premonición o mero simbolismo de la luz que la acompañaría siempre, pero un farol fue el testigo bajo el cual, según cuenta la leyenda, la mujer tuvo a su hija frente al número 72 de la rue de Belleville en París. A partir de ese momento, Edith se convertiría en una especie de “papa caliente” que nadie quería tener en sus manos. Y justo aquí está la clave para entender el desgarre que el alma de la Piaf llevó tan enmarañado dentro de sí: el abandono. Todos, en algún momento, la abandonaron.
Las manos maternas, demasiado pobres, inmaduras (20 años) y alcoholizadas, la entregan a la abuela –Emina Saíd ben Mohammed– que al poco se la lleva al padre de la niña (otras versiones hablan de su muerte), Louis Alphonse Gassion, quien al partir al frente de batalla en la Primera Guerra Mundial endosa la responsabilidad a la abuela paterna, por lo que Edith es llevada a Normandía. Tres abandonos en una sola infancia que tratarían de ser anulados por la crianza entre las prostitutas que tía y abuela regenteaban.
Tras la guerra, Louis Alphonse intenta restablecer la figura paterna ante la pequeña Edith, que milagrosamente ha recuperado la vista tras un par de años de ceguera, por lo que se la lleva a vivir en una especie de inacabable periplo entre circos y sueños de un obstinado artista ambulante. De pueblo en pueblo, éste se va desgastando y erosionando al tiempo que la niña de seis años se irá transformando en una adolescente con un nuevo pensar, un nuevo sentir, un nuevo cuerpo y, sobre todo, una voz que empieza a dejarse oír en diminutos cabaret. De nuevo a París donde el cascarón se rompe y el pequeño y frágil ser inicia la búsqueda de su propio cielo, dejando atrás las ambiciones decadentes de un padre saltimbanqui. Simone Berteaut aparece entonces en su vida. Es la hermanastra “incómoda”, la que le enseñaría entre canto y canto, de antro en antro, los pormenores de la vida.

Un nuevo cantar

1935. 19 años y una nueva partida en su vida: Marcelle, la hija de dos años que tuvo con su amante Louis Dupont, muere de meningitis. Faltan tan sólo 10 francos para el entierro. El “tan sólo” es una cruel paradoja cuando la miseria lo cubre todo. Edith decide prostituirse y conseguir esa cantidad, acto que no se concreta pues al decir de la propia cantante, quien le ayuda “me dio el dinero sin pedir nada a cambio. Un verdadero gentleman” (El País, “30 años sin Edith Piaf”. Nacho Sáenz de Tejada, 19-10-1993).
Pero si la vida le quita, el destino le pone. En ese mismo año conoce a Louis Leplée, amo y señor del cabaret de moda Gerny’s, en pleno Champs Elysees quien le divide la vida en dos: el “antes” representado por una miserable y anónima Giovanna Gassion y el “después”, con una meteórica, triunfadora y nueva “Môme Piaf” (la “Chica Gorrión”). Ambas, eso sí, bajo un mismo nombre –Edith– que las volverá a unir en la parte más dramática y dolorosa.
El vuelo inicia. Piaf canta y canta. No para. El primer sencillo grabado: Les Mómes de la cloche, de Vincent Scotto. El significado del éxito se empieza a incubar. Edith sonríe, goza el escenario. Pero todo vuelo tiene sus turbulencias: 1936, Leplée es asesinado (¿cuántos abandonos van?) en circunstancias misteriosas. Nadie sabe nada. Todos son sospechosos. La intriga y la suspicacia enlodan a Edith. El exilio inicia. Saltimbanqui reencarnado en ella: de ciudad en ciudad por Francia y Bélgica. Finalmente retoma el vuelo tras el encuentro con el acordeonista y compositor Raymond Asso, amante y mecenas, y con la pianista y también compositora Margarita Monnot de donde saldrían los grandes éxitos Mon légionnaire, Hymne à l’amour y Amants d’un jour.
La década de los cuarenta fue la época de total ascenso para la carrera de Edith Piaf. Su gran amigo Jean Cocteau le escribe la obra Le Bel indifférent (además, Edith participaría en diversas cintas cinematográficas). Se presenta en el mítico Moulin Rouge junto a Yves Montand. Los américaines sucumben con sus actuaciones en el neoyorquino Versailles. Melosa, escribe La vie en rose. Todo lo ve distinto. El francés nacido en Argelia, Marcel Cerdan, campeón y estrella del boxeo, de 73 kilos y un metro 72 centímetros (ella, apenas rebasa los 40 kilos y el metro 47) llega a su vida.
Pero Edith sabe que la vida no es en rosa. Noche entre el 27 y 28 de octubre de 1949. Cerdan vuela de París a Nueva York para encontrarse con la cantante. No llegó jamás. Quien arriba es el abandono pero esta vez en forma de accidente fatal. La muerte de Cerdan fue el más duro golpe en la vida de Piaf. Destrozada, está en la cima de la fama y de la gloria artística pero en un ocaso interno que ya está incubado. El alcohol y las drogas (principalmente la morfina) le dan refugio y veneno.
Los intentos de rehacer su vida sentimental quedan justo en eso: en pobres esbozos que se borran como entran los amantes (entre ellos Charles Aznavour y Georges Moustaki). Aplausos (ovaciones en el Carnegie Hall de Nueva York, Olympia de París, México en 1953), éxitos (La foule, Milord –de Moustaki– Mon manége a moi, etc), discos y dinero. Pero el ave se empieza a cansar del vuelo.
La salud se evapora: accidente automovilístico en 1951, pancreatitis y un desmayo en pleno escenario del Wardolf Astoria en 1959, coma en 1960 (por problemas hepáticos). De las entrañas saca dos fortalezas: cuatro meses de temporada en el Olympia y una última canción, L’homme de Berlin. Son los últimos aleteos junto a una reinterpretación de La vie en rose al conocer en 1961 al cantante francés de origen griego Théo Sarapo –él tiene 25 años. Ella, 46. Al año siguiente se casan.
Primavera del 63, Piaf es cuidada por Theo en Plascassier, comuna de Grasse, en los Alpes Marítimos, frente al Mediterráneo. Agoniza tras años de decadencia física y mental. Edith ya no puede más. La mujer hace sentir su himno en forma de confesa provocación: Non, rien de rien. Non, je ne regrette rien. Ni le bien qu’on m’a fait, ni le mal. (No, no me arrepiento de nada. Ni el bien que me han hecho, ni el mal).
10-11 de octubre. Edith, la que siempre sufrió los abandonos, decide esta vez ser ella la que se va. Las alas se pliegan.


domingo, 15 de mayo de 2011

La Foto de la Semana

La célebre mirada de Annie Leibovitz

Horacio Besson

El arte es seducción, no rapto

Susan Sontag

La pupila se reduce en apenas una milésima de segundo para convertirse en un pequeño punto negro enmarcado de azul grisáceo. Frente a su ojo izquierdo, la cámara. El índice de su mano derecha no para. La vista se regodea. La imagen queda plasmada. Es Annie Leibovitz quien, a punto de cumplir los 60 años el próximo dos de octubre, se ha convertido en un referente obligado de la fotografía, catapultando un estilo de vida sólo accesible a las celebridades y en donde la belleza, el lujo y la fama se conjugan para aparecer en revistas y anuncios como reflejo de unos pocos, muy pocos, y como el fetiche aspiracional de millones de habitantes de esa nación llamada clase media. Y es que la parte más conocida del trabajo de Leibovitz ha sido retratar, en grandes producciones envueltas en la absoluta opulencia, a los dioses del Olimpo contemporáneo; lo mismo a reinas octogenarias que a presidentes de la aún nación más poderosa del mundo, estrellas inalcanzables de Hollywood, ex mandatarios dedicados a destruir muros, señores feudales de la música, amos del deporte, deidades de pasarela y astronautas convertidos en modelos: Pedro Almodóvar, Mikhail Baryshnikov, Bono de U2, Carla Bruni, William S. Burroughs, George W. Bush, Bill y Hillary Clinton, Penélope Cruz, Catherine Deneuve, Leonardo DiCaprio, Francis Ford Coppola, Mijail Gorbachov, Al Gore, Isabel II, Michael Jackson, Angelina Jolie, Robert F. Kennedy Jr., Nicole Kidman, Madonna, Nelson Mandela, Demi Moore (desnuda y con un embarazo de siete meses), Barack Obama, Luciano Pavarotti, Brad Pitt… El mundo que refleja Leibovitz, lleno de la perfecta armonía de una estética impoluta y en donde no cabe la pobreza, el dolor ni la fealdad, ha hecho que muchos tachen las imágenes de Leibovitz como “insensibles” y “superficiales”.

En respuesta a una pregunta del diario madrileño El Mundo sobre cómo consideraba su propio trabajo, con motivo de la inauguración de la exposición Annie Leibovitz: vida de una fotógrafa. 1990-2005 en la capital española el 19 de junio (que terminó el 20 de septiembre pasado, dos semanas después del cierre contemplado debido a su rotundo éxito con más de 100 mil visitantes), la fotógrafa afirmó: “Mucha parte de esa obra creo que es basura, pero luego hay una parte muy buena. Me doy por satisfecha si hago cinco fotos buenas en un año”.

DE VANIDADES RODANTES

La fotógrafa de más de un metro 80 de estatura y nacida en Connecticut en 1949 le narra al diario ABC sus inicios en los años setenta: “Comencé en Rolling Stone retratando a gente que lo que hacía, lo hacía bien: escritores, actores, atletas... Lo primero es siempre la fotografía, antes que la gente famosa; eso ha sido mi primer amor. Me gusta fotografiar a personas que admiro y que me importa lo que hacen. Con mis fotos espero dar una idea de cómo es nuestro tiempo. Me gustaría cada vez que hago una foto lograr algo que no se espera”.

El binomio de creatividad Rolling Stone-Leibovitz duró 10 años al desempeñarse ella como editora en jefe de fotografía de la revista, acumulando 142 portadas de su autoría. Una de ellas, publicada el 22 de enero de 1981, destaca de manera particular. Fue tomada en Nueva York en época prenavideña, el ocho de diciembre de 1980. Annie tiene cita en el edificio Dakota para una sesión fotográfica con John Lennon y Yoko Ono. Horas después, mientras Leibovitz guardaba un negativo con la imagen de Lennon desnudo abrazando a su mujer vestida de negro en el suelo, Mark David Chapman descargaba cuatro balas contra el cuerpo del músico.

En 1983 Leibovitz cambió Rolling Stone por Vanity Fair y, en menor medida, Vogue, retratando por más de 25 años a la élite del glamour y la opulencia: el trabajo de Leibovitz es la encarnación contemporánea de las pinturas de la Corte española que en el siglo XVII Diego Velázquez se obsesionaba en retratar.

Se dice que Leibovitz gana dos millones de dólares anuales. Pese a ser una de las fotógrafas mejor pagadas, Annie sufre los estragos de la crisis mundial al estar actualmente al borde de la bancarrota tras haber tenido que empeñar todos sus bienes, entre otras cosas, por la prolongada enfermedad y muerte de su pareja, Susan Sontag. Apenas el 11 de septiembre pasado llegó a un acuerdo con su acreedor, Art Capital, que retiró la demanda por 24 millones de dólares. Leibovitz hizo lo correcto en el momento incorrecto: pidió prestado a cambio de hipotecar todas sus obras y con el respaldo de sus propiedades. Más pronto que tarde los intereses hicieron lo suyo.

DETRÁS DE LA IMAGEN

La cara más conocida de Annie son sus fotos en portadas y editoriales de Rolling Stone, Vanity Fair y Vogue, y su trabajo incluye exitosas campañas comerciales para American Express, Calvin Klein, Lavazza, Louis Vuitton y Walt Disney, entre otras, así como los pósters del Mundial de futbol México 86, un dossier de fotografía documental y de paisajes, un cortometraje (Zoetrope), portadas de discos (con Born in the USA, de Bruce Springsteen, ganó el Grammy por mejor portada en 1983), la fotografía oficial de los Juegos Olímpicos de Verano en Atlanta (1996) y el calendario Pirelli del 2000. Si bien su lente ha capturado caras y cuerpos que reflejan éxito y poder, Annie también ha fotografiado a hombres, mujeres y niños que, teniendo Sida, quieren seguir viviendo y erradicar cualquier estigma. En 1993, la Fundación San Francisco AIDS exhibió los retratos como parte de una campaña de toma de conciencia, mientras una bicicleta tirada en el suelo con una gran mancha de sangre en semicírculo a su izquierda es uno de tantos testimonios visuales de Leibovitz del sitio serbio sobre Sarajevo que la propia fotógrafa vivió durante un verano de hace 16 años. “Alguna vez he creído que se me ha dejado de lado porque no se me tomaba en serio. Pero cuando estás en una situación de guerra, está la vida y está la muerte. He aprendido mucho de los fotógrafos de guerra. Quería hacer algo: no era sólo ayudar, sino involucrarme. Un mortero cayó delante de nuestro coche cuando conducíamos por el vecindario, golpeó a un adolescente que iba en una bicicleta abriéndole un gran agujero en la espalda. Lo metimos en el coche y lo llevamos rápidamente al hospital pero murió en el camino...”. Un año después, Leibovitz viajaría a Ruanda para retratar el horror de la masacre de tutsis.

Hija de un teniente coronel, Annie no fue tan ajena en su niñez y juventud a las temáticas militares. Las obligaciones de su padre hacían que la familia se mudara frecuentemente hasta llegar a una base militar estadunidense en Filipinas durante la Guerra de Vietnam, donde Annie decide evadir toda cuestión bélica refugiándose en su nuevo descubrimiento: el cuarto oscuro para revelar fotografías de la base aérea. En 1991, Anna-Lou Leibovitz se convirtió en el segundo fotógrafo vivo —y la primera mujer— en exponer sus retratos en la Galería Nacional de Retratos de Washington DC, y nueve años después, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos la nombró “Leyenda viviente”.

AUTORRETRATO

Una imagen de Leibovitz muestra, sobre una especie de camastro, a una mujer de pelo corto y cano acostada boca arriba. Vestida de oscuro y con calzado negro mantiene sus manos sobre el estómago. La foto nos hace pensar, en un primer momento, que la mujer está dormida plácidamente. Pero esa mujer es la afamada escritora y ensayista estadunidense Susan Sontag, quien horas antes, el 28 de diciembre de 2004, perdiera su batalla contra la leucemia. “Después de que Susan muriera hablé con su hijo David. Uno de los primeros usos de la fotografía fue retratar a los muertos para tener su memoria. Lo discutí con David y me dijo que era algo que tenía que hacer. Me dio su permiso, de alguna manera. Pero en aquella sala era como si Susan no estuviera allí. Su cuerpo era como un artefacto. Estaba el cuerpo, pero ella no. Y yo estaba más bien en el papel de una fotógrafa”.

Papel que interpretó por primera vez para Sontag en 1988 cuando fue a tomar unos retratos para la sobrecubierta de su libro El Sida y sus metáforas. A partir de ese instante la artista visual —17 años menor— y la prestigiosa intelectual se volvieron inseparables para vivir una historia en común durante los siguientes 16 años, sólo interrumpida por el obcecado cáncer que terminó por vencer a una testaruda Sontag, quien lo combatió férreamente en distintos frentes (primero de mama, luego como sarcoma uterino y finalmente como leucemia). Leibovitz la acompañó fielmente, siempre con su cámara, como intentando atrapar los buenos momentos, quizá buscando retenerla así, en vida, a través de sus fotos y detener —desaparecer— la enfermedad.

Pero la propia cámara fue testigo del derrumbe: imágenes en el hospital, en tratamiento, sin su melena —de la que tan orgullosa se sentía—, en camilla a punto de subir a un jet, y finalmente, en su lecho de muerte. “Las imágenes de Susan me ayudaron a superar su muerte. Tuve la suerte de revivir todos esos sentimientos y de darme cuenta de todo lo que había recibido de mi familia, de mis padres (su padre murió meses después que su pareja), de mis hijas (…) hay mucho amor en ese trabajo. Para mí son como pruebas de lo que me dieron”.

Tres años antes de morir Sontag, Leibovitz, a los 51 años de edad, dio a luz a una niña, Sarah Cameron, tras un embarazo por inseminación artificial, y en 2005 tuvo a las gemelas Susan y Samuelle por medio de una madre de alquiler. A casi cinco años de la muerte de Sontag, con sus tres inseparables niñas alrededor suyo, con reconocimientos, éxitos, proyectos y deudas, Leibovitz, cámara en mano, reflexiona sobre lo que ha vivido. No duda: “Más que una memoria de mi vida, mis fotos son una evidencia, una prueba de mi existencia”.

http://www.msemanal.com/node/1230